Era un joven que le gustaba mucho jugar a las cartas, y
siempre perdía. Y un día se le apareció el demonio y le dijo que qué
le pasaba, que siempre perdía cuando jugaba.
Dice:
–Pues yo te daré una baraja para que nunca pierdas; a
cualquier carta que le eches, ganarás siempre. Pero al cumplir los
cinco años, tienes que irte a entregar al Castillo de Irás y No
Volverás.
Iban pasaos cuatro años, y le dice un día a su madre:
–Pues, madre, sabrás que tengo que ir al Castillo de Irás y No
Volverás.
–Hijo, pero ¿qué me dices?
Dice:
–Pues, madre, ¿se acuerda cuando tanto perdía jugando a
las cartas? Pues se me apareció el demonio, y me dijo que qué me
pasaba para que siempre perdiera. Pues yo te daré una baraja, de
cualquier carta que le eches ganarás. Y al cumplir los cinco años te
tienes que marchar al Castillo de Irás y No Volverás. Y ya van
cumplidos cuatro, queda uno de estar en su compañía.
–Pero, ¿qué me dices, hijo? ¿Tú eres bobo o qué te pasa?
–Pues no, madre, no, es que me tengo que marchar, y si no
vendrá a buscarme el demonio y será peor.
Faltaban tres días para cumplir los cinco años, y le dijo que le
preparara la merienda, que se marchaba. Y le decía su madre que
no.
Por fin se la preparó. Se marchó por un camino muy largo,
muy largo. Cuando ya llevaba mucho pedazo andao, se encontró
con un águila, y le dijo que le hiciera el favor de enseñarle el Castillo
de Irás y No Volverás.
Dice:
–Ahí atrás viene otra más vieja que yo, y viene de él.
Claro, después anduvo otro pedazo hasta que por fin la
encontró. Y le dice que hiciera el favor de decirle, dónde estaba el
Castillo de Irás y No Volverás.

http://www.museo-etnografico.com/pdf/blancaflor.pdf